Duelo: un proceso de pérdida.

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Hablaremos del duelo en términos de proceso de adaptación por el que pasa una persona que ha sufrido una pérdida. Es un proceso conceptualizado de diferentes formas; fases, etapas, tareas. Es importante dejar claro que dicha conceptualización facilita la comprensión y el acompañamiento en los distintos procesos de duelo que pueden darse pero no implica que toda persona en proceso de duelo vaya a atravesar todas las etapas posibles.

Para comprender el impacto de la pérdida y la conducta a la que está asociada es preciso mencionar y comprender el concepto del apego. El apego es un vínculo, una relación afectiva intensa que se desarrolla entre dos personas.

Vincularse

Como humanos establecemos fuertes vínculos afectivos, del mismo modo experimentamos fuertes reacciones emocionales cuando éstos se rompen o se pierden. En la discusión sobre el concepto, distintos teóricos se cuestionaban sobre si sólo se desarrollan vínculos de apego para satisfacer de forma predeterminada impulsos biológicos como puede ser comer o si se da sin estos refuerzos.

Una serie de estudios y experimentos al respecto demostraron que vínculo y el apego se produce por la necesidad de seguridad. Cuando el sujeto percibe amenazada esa seguridad que le brinda el vinculo de apego, aparece la señal de alarma; la ansiedad.

La importancia del vínculo de apego es tal, puesto que se expresará posteriormente en el adulto dependiendo de cómo éste se haya desarrollado en el infante. En la infancia, los padres o cuidadores principales ejercen de base segura desde la que comenzar a explorar el mundo. Más tarde con la adolescencia, la madurez y la adultez, se pondrá de manifiesto esa forma de vincularse.

¿Es el duelo una enfermedad? ¿A que nos referimos cuando se habla de duelo?

Éste es un término al que muchos teóricos han dedicado tiempo y esfuerzo de investigación. En primer lugar y como todos sabemos, el duelo es ese proceso que se desencadena en un ser vivo tras una pérdida, un proceso de adaptación a la nueva realidad que se presenta tras la pérdida. Es el proceso de respuesta ante la pérdida o ruptura del vínculo, es la respuesta a una separación. Un proceso de adaptación mental, físico y conductual que sigue a cualquier proceso de adaptación. Se trata de una reacción automática e instintiva con una conducta agresiva que también se da en animales.

Algo que no es novedoso es el hecho de cada duelo es particular puesto que cada sujeto responde una forma característica teniendo en cuenta su propia singularidad y circunstancias.

E. Lindemann (1944) siguiendo los pasos de Freud, afirma que lo esperable en un proceso de duelo reciente, sería experimentar las cinco  siguientes reacciones; malestar somático o corporal, preocupación por la imagen del fallecido, culpa relacionada con el fallecido o las circunstancias de la muerte, reacciones hostiles, incapacidad para actuar antes de la pérdida.

Entre estas pudo observar como algunos sujetos llegaban a desarrollar rasgos del fallecido en su propia conducta. El estudio que realizó este autor para obtener estos datos fue limitado, pero autores posteriores han encontrado similitudes entre personas en duelo.

La experiencia de duelo.

Las reacciones que se expresan en un proceso de duelo son amplias y variadas, pero pueden agruparse en cuatro categorías: sentimientos, sensaciones físicas, cogniciones y conductas.

Repasemos los sentimientos más habituales.

Estado de shock, la insensibilidad o el embotamiento.

Recibir la noticia del fallecimiento de un ser querido puede dejar al individuo en estado de shock. Este sentimiento aparece especialmente en los casos de muerte repentina. No obstante, pueden darse casos en los que la muerte haya sido consecuencia de una enfermedad que ya se conocía. No solo reaccionamos al impacto de una trágica noticia si no que nuestro psiquismo nos protege tras la pérdida. La insensibilidad o el embotamiento son estados que surgen tras recibir la noticia de la pérdida. Es un momento en el que emergen demasiados afectos, imposibles de afrontar al tiempo, motivo por el que la insensibilidad se considera como una reacción sana.

Ira y tristeza.

En todo proceso de duelo, el sentimiento más frecuente es la tristeza. Ésta puede ser expresada de formas diversas y en ocasiones se exterioriza con el llanto, una reacción que favorece la compresión y la protección por parte de los demás. Con la realidad de la pérdida emerge un fuerte sentimiento de ira el cual genera mucho desconcierto, puesto que en ocasiones esta ira se vuelca sobre la persona fallecida. Aparecen sentimientos contradictorios con los que se culpa y se exculpa al fallecido por su muerte. Responde a la sensación de frustración por no haber podido evitar el fatal desenlace, y a la experiencia regresiva que se experimenta con dicha pérdida.

Esta experiencia regresiva remite al pánico y a la ansiedad experimentada en la infancia, en las ocasiones en las que figuras de apego más importantes desaparecieron por un instante. Es algo así como volver a una tremenda sensación de desamparo. En ocasiones el sentimiento de ira es tan feroz que se da el desplazamiento, dirigiéndola sobre otra persona/s, profesionales,  entidad o institución a quien se responsabiliza del fallecimiento del ser querido. Pero sin duda lo más peligroso es dirigir la ira hacia uno mismo, padeciendo sintomatología depresiva o desarrollando ideas de suicidio.

Culpa, remordimiento, fatiga, ansiedad.

Aparecen la culpa y el remordimiento, las cuales pueden ser fundadas o no por circunstancias o experiencias recientes con el fallecido. La fatiga, esa sensación de cansancio, apatía o indiferencia que invade al doliente y le impide levantarse de la cama, salir, entrar, trabajar, cuidarse, vivir… en un lapso de tiempo. Surgen cuestiones como la del ¿y ahora qué, podré… yo sólo/a? fruto de la ansiedad que experimentada en mayor o menor intensidad remite al temor de ser capaces de cuidarse a sí mismo y a la conciencia intensa de la propia muerte.

La soledad.

La soledad, es un sentimiento que se manifiesta de forma más intensa y más habitual cuanto más cercano era el vínculo entre fallecido y doliente. Con ella aparece la sensación de inseguridad, experimentando la ausencia del fallecido como una situación de peligro Es importante señalar la diferencia entre la soledad social y la soledad emocional. La soledad emocional es la provocada por la ruptura de un vínculo, mientras que la soledad social es la que se experimenta cuando falta apoyo en lo social, cuando no existe ese tipo de vínculo. Es mediante la incorporación de otro vínculo como se logra subsanar la soledad emocional.

Desamparo, añoranza, emancipación y alivio.

De la mano de la ausencia del fallecido y la soledad que se experimenta surge también el desamparo, la sensación de desamparo provoca que la pérdida se viva como muy estresante. Haciendo surgir la necesidad del apoyo del círculo cercano, familiares y amigos, durante un periodo de tiempo.

Como respuesta normal a la pérdida del vínculo surge la añoranza. Se experimenta en menor grado a medida que avanza y se resuelve el proceso de duelo.

Por último es preciso mencionar los sentimientos de emancipación y alivio. La emancipación, es ese sentimiento de liberación que experimentan aquellas personas que eran sometidas u oprimidas por el fallecido. Y el alivio se da en situaciones en las que la muerte pone fin a un largo y doloroso proceso de enfermedad o cuando el viviente ha mantenido una relación difícil y prolongada con el fallecido. Junto con esta sensación de alivio puede aparecer el sentimiento de culpa.

Experimentar este recorrido de sentimientos es lo esperable cuando se rompe un vínculo afectivo, cuando se sufre la pérdida ya que; reúnen las piezas necesarias para lograr reconstruirse, rehacerse, reanudar aquello fragmentado para volver a la vida.

Será preciso prestar especial atención a quienes en lugar de transitar dichos sentimientos, se paralicen junto a alguno de ellos enraizándose en lo que sería un duelo complicado. Negar o bloquear la tristeza, un periodo de añoranza que se alarga en el tiempo manteniendo su intensidad, son algunos ejemplos.

Las sensaciones físicas.

Lo habitual en un proceso de duelo es poner el foco en la emoción y los sentimientos, pasando por alto las sensaciones físicas concurrentes. El vacío en el estómago, la opresión en el pecho o en la garganta, la hipersensibilidad al ruido, la sensación de despersonalización, la falta de aire o de aliento, la debilidad muscular, la falta de energía y la sequedad en la boca.

Es habitual consultar con el psicólogo o el médico sobre estas sensaciones, tratando de encontrar una explicación fisiológica, un motivo médico que calme la angustia que suscita esa extraña sensación. Será importante descartar motivos médicos.

Cogniciones, los pensamientos en el proceso de duelo.

La incredulidad, se presenta en los primeros momentos del suceso, con el impacto de la noticia y en los momentos inmediatamente posteriores; “Está confundido, revíselo bien”, “Dime que esto es un mal sueño”, “Todavía no puedo creerlo”.

Experimentar confusión, no poder pensar con claridad, tener olvidos constantes. Se produce un estado de bloqueo cognitivo en donde algunas de nuestras funciones se perciben menguadas por lo complejo de la situación.

Pueden darse situaciones de excesiva preocupación, en las que surgen ideas obsesivas, pensamientos intrusivos o imágenes sobre el fallecido en sus últimos momentos, quizás en la agonía.

La sensación de presencia, es esa sensación con la que se tiene la certeza de que el fallecido de alguna manera se encuentra en el marco espaciotemporal actual. Pueden darse también alucinaciones visuales y auditivas, las cuales forman parte de ese conjunto de experiencias ilusorias que se dan en los momentos posteriores a la pérdida. Son muy habituales pese a lo desconcertante de las mismas.

Conductas asociadas al proceso de duelo.

La alimentación y el sueño.

En las primeras fases de la pérdida el sueño y el apetito pueden verse alterados. La pérdida de apetito es uno de los trastornos de alimentación más habituales. Comer poco o por el contrario comer mucho son dos conductas propias del proceso de pérdida. Las dificultades para conciliar el sueño, o la interrupción del sueño durante la madrugada son algunos de los trastornos del sueño habituales. Soñar con el fallecido o que este aparezca en pesadillas no solo es algo que puede darse en el proceso de duelo si no que en un proceso de terapia alguno de esos sueños puede servir a diversos fines terapéuticos. Lo esperable es que con el paso del tiempo la persona recupere el ritmo de sueño y apetito.

Atención y contacto.

La atención también puede observarse alterada. En algunas personas se observa la conducta distraída, pueden actuar sin prestar atención o desarrollar conductas que les terminen ocasionando incomodidad o daño. Aislarse de los demás y la pérdida de interés por el mundo exterior son también, algunas de las conductas de retraimiento propias del proceso de pérdida.

El recuerdo.

Al contrario que la rumiación constante que puede ocasionar el insomnio mencionado previamente, evitar recordar al fallecido otra de las conductas observadas en algunos vivientes. Se trata de evitar lugares, o todo aquello que recuerde al fallecido y por tanto provoque sentimientos dolorosos. Guardar todos los objetos y recuerdos asociados al fallecido, o deshacerse directamente de todas sus cosas serán algunos de los indicativos de un posible duelo complicado.

John Bowlby, psiquiatra y psicoanalista pionero en la teoría del apego y Collin Murray Parkes psiquiatra inglés, son dos de los autores que han escrito sobre la conducta de búsqueda. La conducta de llamar, buscando al fallecido es una conducta que de no hacerse verbalmente puede que se haga internamente; “Por favor, vuelve conmigo”. Del mismo modo, suspirar es otra de las conductas propias del proceso de pérdida, algo frecuente en personas con ánimo deprimido.

Actividad excesiva.

La hiperactividad y la agitación, son dos estados que ayudan a algunas personas a transitar este proceso del que tratamos. Permanecer ocupado, o alejado lo máximo posible de los lugares y situaciones que recuerden al fallecido dado el malestar que en ese momento aún genera.

El llanto.

Entre las distintas formas de transitar y gestionar el impacto emocional nos encontramos a algunas personas que pueden llorar y a otras que no. El llanto es considerado una conducta que alivia el estrés emocional. Existen multitud de estudios que siguen investigando sobre los efectos del mismo. No obstante, muchos reconocen el desahogo que supone poder hacerlo. 

Objeto de recuerdo.

Como bien sabemos, cada proceso de pérdida es propio y característico, por eso y al contrario de lo mencionado anteriormente, algunas personas en lugar de evitar al fallecido tienden a frecuentar lugares, atesorar recuerdos u objetos que recuerden al fallecido. Es posible observar un matiz en este tipo de conducta, cuando algunas personas se apropian de objetos que pertenecían al fallecido experimentando malestar emocional si se desprenden o separan de ellos.

Ánimo deprimido.

Por último, no puede faltar el apunte sobre el ánimo deprimido que experimentan las personas en proceso de duelo. Cualquier proceso de duelo sumerge al sufriente en estado muy similar al del estado deprimido. Es más, cuando un proceso de duelo se complica, puede transformarse en una depresión. La depresión puede ser la defensa ante un duelo, como cuando la persona en proceso de duelo dirige la ira hacia sí mismo desviándola del fallecido y evitando de esta forma los sentimientos ambivalentes que surgen hacia él.

Si se quiere distinguir entre duelo y depresión, habrá que poder observar una de las diferencias principales; la pérdida de autoestima. La baja autoestima a raíz de una pérdida no es algo habitual y si se manifiesta, es sólo durante un breve período de tiempo.

Duelo y depresión son procesos diferentes, a pesar de que la depresión suele ir asociada a un proceso de duelo que por algún motivo pudo complicarse. Ya Freud, en “Duelo y melancolía” señalaba que la depresión era una forma patológica de duelo similar al duelo normal pero con características propias.

¡Importante!

Resulta útil poder exponer con detalle la amplia variedad de conductas y experiencias que puede suponer un proceso de pérdida. Pese a que la literatura es amplia, muchas de ellas no son percibidas como esperables fuera del ámbito profesional y académico. Poder tener en cuenta cada una de estas experiencias será muy importante para no patologizar ninguna de las experiencias propias del proceso de adaptación a la pérdida y tranquilizar a quienes las padecen aliviando el desconcierto que generan.

Muchos son los autores que desde un ámbito ajeno al de la salud mental canalizaron a través del arte o la literatura muchos de los aspectos emocionales que nos caracterizan. Compartimos a continuación un poema de Jorge Luis Borges, escritor de relevancia del siglo XX. En este caso el autor escribe sobre la pérdida del amor, un final trágico de la ruptura del amor y la pérdida de su amada. Una representación de aquello que supone la ruptura de un vínculo cercano.

Despedida

Entre mi amor y yo han de levantarse

Trescientas noches como trescientas paredes

Y el mar será una magia entre nosotros

No habrá sino recuerdos

Oh tarde merecidas por la pena

Noches esperanzadas de mirarte,

Campos de mi camino, firmamento

Que estoy viendo y perdiendo…

Definitiva como un mármol

Entristecerá tu ausencia otras tardes.

Bibliografía

Freud, S. (1917) “Duelo y melancolía” Buenos Aires: Amorrortu Editores. Tomo XVI.

Payás, A. (2010) “Las tareas del duelo” Paidós.

Worden, J. W. (2021) “El tratamiento del duelo. Asesoramiento psicológico y terapia” (4º Edición)

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